Hay algo casi hipnótico en ver cómo Jacob Elordi se pasea últimamente por el imaginario romántico: primero con Frankenstein y después con Cumbres borrascosas. Y sí, podemos quedarnos en la superficie —en la estética, en el «qué guapísimo»— o podemos hacer algo mucho más interesante: volver al texto original y descubrir por qué Mary Shelley no solo escribió una novela gótica, sino un artefacto cultural que sigue explicándonos mejor que muchos titulares actuales. Te lo digo así, sin rodeos: volver a Frankenstein hoy no es un capricho intelectual, es casi una necesidad.
Todo empezó gracias a mi amiga Fátima —compañera de Filología— que me invitó a su club de lectura: unas diez personas, cero postureo, mucho criterio, y una cafetería preciosa en el centro de Sevilla. ¿El libro? Frankenstein.
Y aquí viene la confesión: yo, lectora voraz, nunca lo había leído. Hasta ahora. Y el resultado fue un «wow, qué fuerte». Porque Víctor Frankenstein no es solo un científico: es, siendo claros, un narcisista de manual. Un hombre privilegiado, educado, brillante… y peligrosamente obsesionado con el reconocimiento. Su fe ciega en el progreso recuerda a esa idea —muy de su época— de que el genio siempre justifica sus consecuencias: «El trabajo del hombre de genio, aunque esté equivocado o mal dirigido, muy pocas veces deja de convertirse en un verdadero beneficio para la humanidad». ¿Estamos seguros?
La creencia en un progreso que no se cuestiona es un tanto peligrosa y me temo que tremendamente actual. Pensemos en desarrollos científicos o tecnológicos que avanzan más rápido que nuestra ética. No hace falta irse a las bombas atómicas para verlo: basta con mirar a nuestro alrededor.
Luego está el detalle que incomoda —y mucho—: Víctor busca el origen de la vida en libros, cadáveres y cementerios… pero nunca en el cuerpo de una mujer. La criatura no nace: es fabricada. Aquí Mary Shelley está haciendo algo radical para su tiempo: desplazar a la mujer del proceso de creación y convertir a un hombre en «madre» fallida.
Y ahí está el verdadero núcleo de la novela: el abandono. Porque el gran pecado de Víctor no es crear vida de forma artificial, sino desentenderse de ella. Esta lectura está muy bien recogida en el posfacio de Clara Pastor en la edición de Arpa editores, y es clave para entenderlo todo. El monstruo no nace malvado: observa, aprende y desea. De hecho, una de las ideas más potentes del libro es que la criatura anhela afecto, reconocimiento, vínculo: «Yo necesitaba tesoros más preciosos que un poco de pan o un lugar para descansar. Yo pedía cariño, y estaba convencido de que era absolutamente digno de ello». Su violencia no surge de su naturaleza, sino de su aislamiento.
Y entonces llegamos a lo incómodo de verdad: su fealdad. Porque el monstruo es rechazado antes incluso de hablar: juzgado, temido y expulsado porque no encaja en el canon. No por lo que hace, sino por lo que parece. Y esa exclusión constante, ese bullying sistemático, si lo traemos a nuestro lenguaje, es lo que lo empuja hacia la violencia.
Así que no, no estoy exagerando: Frankenstein no va solo de un científico loco y su criatura abominable. Va de narcisismo sin límites, de creación sin responsabilidad, de prejuicio estético, de soledad extrema… y de cómo todo eso puede deformar a un individuo.
Si lo traemos a nuestros días es terrorífico: ¿La IA? ¿Las redes sociales? ¿La
desconexión emocional en una era hiperconectada? Mary Shelley no podía preverlas, pero sí entendió algo esencial: que el verdadero peligro no está solo en lo que creamos, sino en hacerlo sin asumir las consecuencias… y en cómo decidimos relacionarnos con ello.
Y ahí es donde aún fallamos, porque seguimos mirando como Víctor y olvidamos algo inquietante: cualquiera de nosotros puede acabar siendo el monstruo.
Déjate de leer artículos sobre lo guapo que es Jacob Elordi y vuelve a conversar con Mary Shelley, te prometo que merece mucho más la pena.

Anabé Tarrou
@anabe_tarrou


