Revista de cultura, contracultura y lo que muerde

Reyes Gallegos: «La persona que consume en un velador no debería tener más poder sobre el espacio público que la que no lo hace»

La distancia que recorre una persona con un carrito de la compra se asemeja a la distancia a la que puede acceder a los servicios básicos de su barrio. Esa idea resume parte del trabajo de Reyes Gallegos, doctora en Arquitectura, urbanista, profesora de la Escuela de Arquitectura de Sevilla y cineasta.

Nacido de una investigación y de un proyecto fotográfico, su documental Ellas en la ciudad sigue la vida cotidiana de Juana, Victoria, Natividad, Toñi y María Dolores, mujeres que llegaron a los barrios periféricos de Sevilla en los años 70. La película, proyectada en España y en ciudades como Berlín, Londres o Ciudad de México, ofrece una mirada crítica sobre cómo el urbanismo ha ignorado tantas veces las realidades de las mujeres.

Nos encontramos con Reyes en la Alameda de Hércules para hablar del centro y de las periferias, de las historias que se quedaron fuera de la pantalla y de las personas que hoy tampoco tienen «el derecho a la ciudad», como en su día las protagonistas del documental.


De camino a la entrevista, he apuntado dos números: 18 y 5. 18 mujeres con carrito que he visto desde que he salido de casa y 5 hombres y he pensado: «Ellas en la ciudad».

Bueno, ahora hay 5 hombres. Al principio, cuando se empezaron a utilizar estos carritos, que prácticamente coincide con la fecha en la que se crean estos barrios y empieza la historia del documental, no iba ningún hombre con carrito.

De hecho, el tema del carrito fue muy importante para el docu, por eso aparece Juani en la portada con el carrito, porque para mí era, por un lado, un indicador urbano por temas de accesibilidad.

Yo las perseguía para ver qué camino cogían, y, sobre todo, porque la distancia que hace una mujer con el carrito me sirve como la distancia de proximidad a la que cualquier persona debería tener acceso a todos los servicios.

Y después estaba la metáfora de tirar del carro, por todo lo que esta generación de mujeres lleva sosteniendo todas estas décadas.

Pero además hay una historia muy bonita que me contó una de ellas. Fue, además, el primer cuento que puso en papel cuando aprendió a escribir en el centro de adultos. Su marido no la dejaba ir al centro de adultos y ella iba a escondidas. No sabía dónde meter las libretas o los apuntes y, entonces, decidió esconderlos en el carrito porque era el único sitio donde estaba segura de que él no miraría nunca.

Fotograma de «Ellas en la ciudad». Movistar+

Otra observación que he hecho por el camino es que, claro, en mi barrio, Macarena Norte, había un montón de carritos. Pasando por Cruz Roja, un poco menos, y aquí en la Alameda solo he visto a una mujer. Entonces te quería preguntar de qué depende que haya más o menos carritos en unos barrios que en otros, y si eso tiene que ver con la gentrificación en Sevilla.

Bueno, el carrito aquí tiene varios condicionantes. Uno es el tema de la gentrificación: cuantos más turistas, menos carritos de compra. Y otro es el número de comercios de proximidad que haya alrededor de tu casa. Si tú tienes un pequeño comercio alrededor, no te hace tanta falta llevar el carrito, ya que es útil para evitar cargar a una distancia de 100, 200, 300 o incluso 500 metros. 

Aquí hay más turismo; el barrio está más gentrificado. Pero todavía, sigue habiendo ese pequeño comercio a poca distancia, aunque cada vez menos. En Pío XII o en la Avenida Trabajadores Inmigrantes las distancias son mayores. Incluso las carreteras: hay algunas que tienen tamaño de autovía, cuando deberían ser vías urbanas. Ahí es más cómodo ir a comprar con carrito.

Influye también la accesibilidad, que aquí es muy complicada. Venía pensando en eso cuando he venido por Relator, que en algunas partes directamente no hay acera. Es curioso que justo ayer me interpelaron a un comentario que hice sobre una noticia que vi de gente que se estaba quejando de la plataforma única porque había personas que se tomaban aquello como un gran acerado y entonces pasaban por el centro.

Y precisamente les estaba explicando que es así: la plataforma única y la prioridad peatonal en una calle estrecha donde no había acerado suficiente para cumplir la normativa de accesibilidad, una persona con un carrito de la compra, o con un carrito de bebé o una silla de ruedas tiene prioridad y puede ir por el centro, y es el coche el que se tiene que parar.

¿Y, desde el urbanismo, se puede hacer algo en calles históricas que no son tan accesibles?

La plataforma única, por ejemplo, a mí me parece una buena solución. Además, la gente se queja mucho del adoquín. Si el adoquín está bien colocado, no tiene por qué ser un problema y no homogeneizamos ni simplificamos todo lo que es la pavimentación y el paisaje urbano, manteniendo ese carácter más patrimonial.

¿Cuál dirías que ahora es el mayor problema de Sevilla?

Para mí se está perdiendo la identidad. No desde el punto de vista folclórico, histórico o pintoresco, sino a la identidad de los barrios, no solamente del centro histórico.

Creo que hay que preservar un patrimonio que no es solo el edificado, sino el patrimonio inmaterial, que tiene mucho que ver con los modos de vida, con la forma de relacionarnos, de utilizar el espacio público y de tejer vecindad, alianzas y seguridad en el entorno en el que vives.

Y creo que esto se está perdiendo. Tiene mucho que ver con el turismo y también con la especulación inmobiliaria.

No estoy segura acerca de cómo habría que protegerlo, pero desde luego actuaciones como eliminar bancos de los espacios públicos o privatizar la ciudad no ayuda. Seguir aumentando el número de hoteles o de apartamentos turísticos tampoco ayuda a que ese tejido vecinal siga funcionando como estábamos acostumbrados.

Creo que habría que facilitar que la gente se encuentre en las aceras, en las calles, y fomentar esas pequeñas reuniones vecinales, incluso festivas, como las velás.

Hablando de espacios de encuentro vecinal, hoy muchos de esos espacios son bares y terrazas que generan ruido. ¿Cómo se equilibra ese modelo con el derecho al descanso en los barrios?

Cuando hablaba de privatizar el espacio público también me refería a los veladores. El espacio público está para el disfrute, pero también para el conflicto, para encontrarse con personas diferentes a ti y saber convivir con eso. Yo creo que ahí, en esa inteligencia colectiva de cada sitio, está el saber si a las cuatro de la tarde puedes hacer ruido o no. Eso se ha ido resolviendo siempre con la propia convivencia.

La sabiduría popular sabe y respeta según dónde esté, si a la una de la mañana puede haber ruido y a las cuatro de la tarde no debe haberlo.

Lo que pasa es que si al final no habitamos los lugares, no nos encontramos y no existe esa convivencia, tampoco existe esa posibilidad de solucionar el conflicto desde el propio colectivo, y todo acaba dependiendo de la normativa.

Como decía Isabela Velázquez, que es una urbanista que vive en Madrid y que como teórica para mí es una referencia, los veladores no deberían permitirse si no hay al menos la mitad de asientos gratuitos (públicos) en el espacio público. La persona que consume en un velador no debería tener más poder sobre el espacio público que la que no lo hace. Porque están dejando fuera a niños, adolescentes, personas mayores o personas en situación de precariedad. Entonces no estamos hablando de ciudad equitativa.

¿Qué compartes con tu referente, Isabela Velázquez, en la manera de pensar la ciudad?

Me siento muy alineada a sus planteamientos acerca de una ciudad viva, inclusiva, humana… una ciudad que pone la vida en el centro de la planificación urbana y que tiene mucho que ver con la perspectiva de género y con el urbanismo feminista. Además de los principios de vitalidad urbana de la pionera Jane Jacobs (en los 60, en EEUU), tanto Isabela Velázquez como las compañeras que forman el Col·lectiu Punt 6 (Urbanismo feminista), Carmen Espegel (Heroínas del espacio) o Zaida Muxí, han sido mis referencias españolas sobre la perspectiva de género en mi profesión.

¿«La ciudad viva o la ciudad amable» es un concepto científico?

No, hay muchas maneras de llamarlo. Se ha hablado de la ciudad a escala humana, la ciudad con perspectiva de género, feminista, la ciudad inclusiva o la ciudad equitativa. Son distintas formas de denominar a un tipo de ciudad diferente a la que conocemos, que, como se cuenta en el documental, viene de una planificación diseñada por hombres y desde una lógica productiva para que el hombre fuera cuanto antes de la vivienda a la fábrica.

Era una planificación hecha desde una perspectiva heteropatriarcal, que no tenía en cuenta la realidad de otros géneros y edades, ni lo que significa habitar una vivienda o un barrio. Y esto sigue pasando, desgraciadamente, porque en los Ayuntamientos o Gerencias de Urbanismo, no se ha superado el techo de cristal, y las personas que deciden, bien por su clase social, su estilo de vida o ambos, no conocen otras realidades de la vida cotidiana, ni desempeñan ninguna tarea ni trabajo de cuidados.

Hemos hablado de urbanismo feminista, pero ¿la vivienda también puede pensarse desde una mirada feminista? Por ejemplo, en algo tan concreto como la organización de la vivienda o espacios como la cocina, que antes estaban más aislados.

Para mí, el punto de vista feminista es tener en cuenta a todas las personas. Y con la arquitectura pasa igual. La arquitecta y amiga Nuria Álvarez Lombardero hizo una estupenda investigación sobre esto. No fue casual que las primeras arquitectas reconocidas (Bauhaus) empezaran a generar otros modelos de vivienda con una distribución que incorporó la cocina a la zona de estar o al salón.

Muchos de los pisos de los barrios periféricos que aparecen en el documental y que yo he podido visitar durante la investigación, la preparación y el rodaje, tienen la cocina en un extremo distinto al del salón, y además algunas no están ni bien ventiladas ni bien iluminadas. Era un espacio asociado a la mujer, que en ese momento era una persona invisible. Integrar ese espacio y pensarlo mejor para otro tipo de convivencia beneficia también al hombre, porque afortunadamente cada vez más son los que también cocinan.

Por eso pienso que tanto la arquitectura feminista como el urbanismo feminista al final nos benefician a todos. No solo porque el hombre vaya a cocinar, sino porque es interesante que la cocina sea un espacio central de la casa y genere convivencia entre todos los miembros.

Igual que los cuidados se asociaban a las mujeres —y desgraciadamente parece que esto está retrocediendo—, cuanto más periférica es la situación de una persona, más sigue habiendo diferencia por género en los cuidados. Cuando te alejas del centro, por ejemplo en la salida de los colegios o de los centros de salud, me doy cuenta de que todavía hay muchísima diferencia.

¿En qué consiste «el derecho a la ciudad», un concepto que mencionaste en otra entrevista?

Es un concepto que desarrolla Henri Lefebvre en su libro con ese título. Podríamos hablar del derecho a la ciudad como el derecho a la convivencia, a la cultura, a la educación o a la libertad. El problema es que cada vez hay menos posibilidad de disfrutar la ciudad como soporte de cultura o fiesta o vecindad, y no solo porque se esté privatizando el espacio público con los veladores, como hablábamos antes.

Hace poco publiqué un artículo en El Correo de Andalucía, donde hablaba del festival Territorios, en el que más de la mitad de los conciertos eran al aire libre y públicos. Eso prácticamente ha desaparecido. Entonces, ¿qué derecho a la ciudad tiene ahora mismo un joven que no puede consumir en un velador, tampoco tiene edad para una discoteca y tampoco tiene ya espacios propios en los barrios?

Un chaval que termina el instituto muchas veces no tiene centros culturales ni espacios de ocio ni oferta cultural fuera del centro histórico. Cuanto menor es el poder adquisitivo y más periférico es el barrio, menor es también esa oferta. En algunos lugares ni siquiera hay espacios deportivos públicos ni transporte eficaz.

Esto también tiene que ver con el edadismo. Las protagonistas de mi documental, por ejemplo, quedan una vez por semana para ir al cine y tienen que atravesar grandes vacíos urbanos, zonas inseguras y mal iluminadas. Y ahí se suman otras variables. 

Si eres periférica, la situación es más desfavorable; si además eres mujer, aún más; y si además eres mujer inmigrante, con trabajo precario o sin papeles, y tienes que atravesar la ciudad durante dos horas para trabajar, ese derecho a la ciudad claramente no se está cumpliendo.

De todo esto hablaba Lefebvre desde una perspectiva filosófica general, pero si haces esa lectura desde una perspectiva feminista, esas desigualdades se multiplican.

¿Pudiste hablar con alguna mujer migrante para el documental?

Sí. Pero no querían que las grabara porque la mayoría no tiene papeles o no quieren que las vea la familia de origen. Algunas sí están grabadas, pero no las incluí.

Y, aunque no quisieran aparecer, ¿qué te contaron de su situación?

Por un lado, creo que están sustituyendo el trabajo que hacía la generación de mujeres que protagonizan el documental. Por otra parte, tienen la dificultad de muchas horas de trabajo muy mal pagadas y en situación muy precaria. Además, las nuevas dinámicas urbanas y laborales, y también las dinámicas de sus hijos e hijas con las tecnologías, dificultan ese tejido vecinal que sí tuvieron las protagonistas.

Yo creo que espacios como los centros de adultos, que ahora mismo están en decadencia y casi en peligro de extinción porque supuestamente ya todo el mundo puede estudiar, necesitan más recursos que nunca. Y aquí pienso sobre todo en las mujeres migrantes, a muchas de ellas todavía les queda integrarse en el idioma, pero también a nivel relacional. Creo que podrían ser puntos de encuentro estratégicos, en lugar de ir perdiendo la importancia que tuvieron.

¿Crees que en Sevilla existe un problema de concentración de población migrante en determinados barrios?

Sí, como en todas las ciudades. De hecho, el trabajo de investigación que estaba haciendo y que me llevó al documental, lo aplicaba a 12 barrios periféricos con población migrante con la finalidad de proponer una ciudad policéntrica. Trataba de extrapolar el concepto de la ciudad de los 15 minutos de Carlos Moreno, la revolución de la proximidad (que en realidad tiene mucho que ver con Muerte y vida de las grandes ciudades de Jane Jacobs) para evitar el aislamiento y la guetización, y que cualquier persona, viva donde viva, tuviera las mismas posibilidades a 15 minutos a pie. 

Y no me refiero únicamente a los servicios básicos, como centros de salud o colegios, que ya aparecen en el documental, sino también a entornos habitables y saludables, espacios culturales, transporte público eficaz y zonas seguras y con vitalidad.

Ese proyecto de investigación, que tengo en un cajón y que tiene cientos de páginas y propuestas, podría empezar a ponerse en marcha con recursos mucho menores que lo que puede costar, por ejemplo, la ampliación del tranvía hasta Santa Justa pasando por El Corte Inglés.

A veces idealizamos la lucha vecinal, pero en los barrios también hay tensiones y episodios de racismo. Desde el urbanismo, ¿qué se puede hacer para evitarlos?

Creo en una teoría que leí en un libro de Saskia Sassen, Contrageografías de la globalización, donde analiza cómo el comportamiento de las personas depende mucho del lugar que habitan y del cuidado que recibe ese entorno.

Sassen ponía un ejemplo muy claro: no te comportas igual en un servicio limpio que en uno sucio. Con los barrios pasa lo mismo. Cuanto más abandonado se siente un barrio, más incitación hay a la violencia y a ir contra el otro, contra el diferente.

Muchas veces esos conflictos se han resuelto con el tejido que han construido las mujeres, y han sido las que han apaciguado después a sus familias, a hijos, a maridos. Pero también es clave que el barrio no se sienta abandonado: si un barrio está limpio, tiene recursos y está cuidado, el comportamiento colectivo probablemente sea otro.

Hay barrios donde no se interviene en el espacio público desde hace 30 o 40 años: sólo hay planchas de asfalto y plazas de hormigón abandonadas. No hay bulevares, ni zonas peatonales cuidadas, con árboles, con mobiliario, bien iluminadas, como sí ocurre en otras partes de la ciudad como el centro o los Remedios. Sin embargo en estos barrios es donde vive la mayor parte de la población.

En el proceso de codiseño del parque del Olivo, en La Barzola, que llevé a cabo dentro del Plan Reaviva, y con la ayuda de Lugadero, fue muy interesante ver que al intervenir vecinos, alumnado del instituto cercano, comerciantes, asociaciones y personas usuarias del propio espacio, hicieron suyo el proyecto. Organizábamos las reuniones in situ, abiertas, para que todo el mundo pudiera opinar sin tener que estar ligado a un colectivo o a una asociación. No quisimos vallarlo a pesar del miedo de la administración al vandalismo, y el parque lleva seis años funcionando. 

Creo que primero hay que profundizar en los sitios, hay que andarlos, recorrerlos, conocer a la gente y sus necesidades; escucharla y hacerla partícipe. Un proyecto como el Parque del Olivo quizá no se hace en los barrios porque las administraciones piensan que se va a echar a perder la inversión en dos días, pero creo que si cambia la metodología probablemente no pase. Eso sería, para mí, una oportunidad para aliviar esos conflictos.

¿Qué otras historias, aparte de mujeres migrantes, se quedaron fuera del documental?

Había mujeres a las que se les daba muy bien la costura y que trabajaban como costureras desde niñas. Algunas tenían muy buena clientela, pero cuando se casaban estaba mal visto que siguieran trabajando. Una de ellas, que tenía clientela incluso de alta gama, estuvo peleando hasta donde pudo por seguir cosiendo en su casa.

Me dibujó la vivienda. Cuando todavía no tenían hijos, él se había hecho una especie de despacho en la habitación de los dos, pero a ella no le dejaba tener su espacio para la costura. Al final tuvo que despedir a todos sus clientes. Y cuando ella le preguntó qué lugar tenía en la casa, él le respondió: «Toda la casa es tuya, pero para limpiarla».

Tenía problemas de depresión y salud mental de los que salió gracias al grupo de terapia. El marido ya había muerto y ella decía que ahora empezaba a vivir.

Otra mujer fue víctima de maltrato y una vecina consiguió sacarla de la casa con una excusa. Cientos de mujeres se han salvado unas a las otras.

Muchas iban a las reuniones del grupo de terapia diciendo que iban al médico o a gimnasia, porque no podían decir que iban a la psicóloga.

Otros casos de madres contra la heroína. Y contra el paro de sus hijos. Después de grabarlo, algunas me pidieron que no incluyera sus historias.

Esta generación de mujeres ha hecho más que cualquier Plan nacional de Salud. 

Fotograma de «Ellas en la ciudad». Movistar+
Fotograma de «Ellas en la ciudad». Movistar+ 

¿Sigues en contacto con las mujeres que salen en el documental?

Sí, además de las numerosas proyecciones y coloquios a los que hemos ido juntas durante este año, tenemos un grupo de WhatsApp y seguimos hablando. Con Victoria y con Juani he ido a Madrid, a entrevistas o a recoger algún premio. Con la Asociación Nosotras a un Festival a Cádiz. Y a veces, cuando se enteran de que voy a algún sitio lejos de Sevilla a presentar el documental, me preguntan si he llegado bien.

Lo más increíble y bonito ha sido ver los cambios que pasaron en sus vidas. Ver a los maridos de algunas de las protagonistas, que las ven ahora, con otros ojos, después de verlas en el documental. Algunos familiares, nietos, no sabían que estaban participando en la película. Pero ellas siguen iguales, con sus actividades del barrio cada día y sin cambiar.

¿Quiénes están tomando hoy ese relevo de Ellas en la ciudad?

Yo misma me he planteado mucho esto durante todo el proceso del documental. Intento participar en todo lo que puedo desde mis pequeños espacios de relación. Por ejemplo, en el colegio de mis hijos o en mi calle o si me entero de que hay una asociación cerca que está reivindicando algo, me acerco y apoyo.

Y después, a nivel micro, en lo cotidiano. Me pienso dónde comprar, cómo desplazarme, dónde juegan mis hijos o dónde viajo. Son cosas muy pequeñas, pero ahora mismo creo que es lo más revolucionario como forma de resistencia a esta individualización a la que nos deriva todo lo demás de lo que hemos hablado, como la privatización y la segregación.

Con respecto a la generación que viene, hay mucho pesimismo, pero tengo que decir que yo estoy optimista. He participado en muchos coloquios donde la gente joven, de institutos y plataformas que generan ellos mismos, me han mostrado un interés brutal por el documental y por saber cómo empezar, por dónde canalizar toda la lucha que quieren llevar a cabo para frenar todo esto.

También confío en que tienen herramientas muy potentes. Las redes sociales, si se utilizan bien, pueden servir para generar esas alianzas. A mí misma me han servido para que esto sea un proyecto de muchas; míranos a ti y a mí aquí sentadas.

Tengo la esperanza de que en poco tiempo ir a una ciudad que sea igual que todas las demás en cualquier parte del mundo, se pase de moda.

Espero que vayamos tendiendo hacia lo identitario, hacia lo que hace diferente cada lugar. De hecho, está pasando que el teatro está empezando a tener un auge, porque es una experiencia real que no se puede comparar con la IA ni con una película rodada en una ciudad igual a otra.

Entonces esas experiencias, como dejar el móvil e irte a tomar un café con una amiga, empiezan a cobrar más sentido para la nueva generación. Tengo esa esperanza. No sé si soy demasiado optimista, pero espero verlo. Y espero ver que a la vez que decrece el individualismo, el turismo y la especulación, la ciudad encuentre una fórmula de resiliencia capaz de ofrecer un techo digno para todas las personas.


Anna Askaryan
Periodista inmigrante. Sevillana nacida en Krasnodar.
Como editora, hace más recortes que M. Rajoy.
@ann.askaryan

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