Revista de cultura, contracultura y lo que muerde

¿Por qué los Z se derechizan?

Si estás leyendo El Mordisco, aparte de un ser de luz, entiendo que eres una persona de entre 25 y 45 años aproximadamente y probablemente formes parte de la generación millennial. No me voy a extender en por qué existe esta obsesión por clasificar y confrontar generaciones entre sí y cómo eso, en parte, es natural, pero también un estupendo recurso para los estudios de mercado. El caso es que yo estoy entre los que nacieron entre el 81 y finales de los 90, igual que la gran mayoría de amigos y amigas con los que comparto tiempo y espacios. Sospecho que entre muchos grupos de millennials de izquierdas o mayoritariamente progresistas como el mío, hay un tema que nos asalta de vez en cuando: las tendencias políticas de los jóvenes. O dicho de otra forma: «joder, qué fachas son los chavales de ahora».

Aquel grupo que etiquetamos como la generación Z, según una rápida búsqueda en Google, son los nacidos entre 1996 y 2012. Y parece que la tendencia a la radicalización, hacia los valores tradicionales y la derechización, sobre todo en los varones, es inevitable en ellos. Hablamos de que según un estudio de Sigma Dos de este mismo año, algo más del 50% de las personas menores de 30 años votaría a opciones de derecha.

Quisiera expresar mi punto de vista al respecto porque me da la impresión de que las conversaciones sobre este tema en las que me he visto involucrado tienden demasiado al cuñadismo, la generalización barata y, sobre todo, a la culpabilización de los chavales Z, en vez de generar un debate con una mirada más larga sobre el origen del problema. 

Entiendo que nadie quiere una chapa en el Doctor Bar a las tres de la mañana sobre cómo los poderes fácticos han construido este fino entramado de soledad, ansiedad y confusión al que llamamos «la sociedad de hoy en día» y que nos ha llevado hasta aquí. Así que voy a poner mis impresiones por escrito para que puedan ser leídas en un ambiente más propicio.

El caso es que nunca me gustó la culpabilización absurda que nuestros mayores ejercían hacia nosotros, los millennials. Hemos escuchado demasiadas veces eso de que no somos ahorradores ni trabajamos lo suficiente, y que si a estas alturas no tenemos un par de propiedades inmobiliarias es por haber gastado nuestro dinero en demasiados festivales. José Manuel: compraste tu casa cuando el mercado inmobiliario no era un campo lleno de Airbnbs y tigres de corbata verde, y cuando conseguir una plaza en la administración pública consistía prácticamente en pasar por delante de la puerta del ayuntamiento de turno y saludar. Me alegro por ti, pero no acepto cierto tipo de lecciones.

El problema que veo es que, a medida que los millennials nos hacemos mayores, empezamos a tratar a las nuevas generaciones de un modo parecido. Quizás no con la misma condescendencia, pero nosotros, que asociamos la juventud a la rebeldía y para quienes todo lo que oliera a caspa fascistoide resultaba repelente, asistimos ojipláticos a esta «nueva» movida tan rara de gymbros y criptobros que de pronto entregan su vida a la Biblia y suplican por una novia que les cocine y les limpie mientras habla con una voz inquietantemente infantil.

No nos faltan motivos para estar preocupados. Sí, Vox se dispara en las encuestas y los memes de ayer son la realidad de hoy: en Argentina, en Estados Unidos, en El Salvador y pronto quizá en Europa. Pero, además de las particularidades de cada territorio, hay mimbres comunes. Para mí hay dos especialmente importantes: la soledad y la desesperanza.

Los millennials llegamos al ascensor social justo cuando cerraba sus puertas. Algunos consiguieron colarse por los últimos centímetros de rendija, pero la mayoría nos quedamos fuera.

Somos la generación que se cayó del guindo: se nos rompió el sueño del progreso y, aunque gritamos mucho en las plazas del 15M, acabamos aceptando la realidad de que, por lo general, íbamos a vivir de forma más precaria que nuestros padres. De hecho, hoy en día el mayor indicador de progreso social es, básicamente, que tu familia tenga dinero o, si tienes mucha suerte, un título nobiliario.

Pero lo siguiente es aún peor: los Z ni siquiera han visto el ascensor social cerrarse. Cuando llegaron, estaba ya tan cerrado que formaba parte intrínseca de la pared. Han crecido en un mundo donde las oportunidades nunca estuvieron, las vías tradicionales de progreso parecen ridículas y hoy comprar un pisito de 50 metros es casi una broma entre amigos.

Cuando no hay perspectiva de futuro no ganan los datos, ganan los relatos. Y también ganan las soluciones desesperadas. En esta situación, cuando a los más jóvenes les hablan de los buenos resultados macroeconómicos del país mientras pagar el alquiler de una habitación es una quimera, podemos imaginar lo poco que les importa.

Han crecido además en una sociedad mucho más individualista que la que nos tocó a nosotros. Y aquí hay otra clave: la soledad. Según el Estudio sobre juventud y soledad no deseada en España, algo más del 25% de los jóvenes entre 16 y 29 años afirma sentirse solo actualmente. Estamos hablando de un fenómeno estructural, no de una temilla individual.

Hemos dejado a estos chicos solos y empobrecidos delante de un algoritmo engorilado por narrativas reaccionarias, capitaneadas por auténticos fanáticos con las habilidades sociales de un funko pop (insertar imagen de Elon Musk haciendo el saludo nazi).

Lo que antes era una red social para subir tus fotos de fiesta y enterarte de eventos cercanos, ahora es un potaje de machismo acomplejado, ragebait y promesas estúpidas de futuro conservador.

Mientras, el gobierno progresista de nuestro país ha hecho de la resistencia su leitmotiv. Pero la resistencia es muy cruel con las clases bajas, porque no ofrece un horizonte: ofrece una lucha en el presente que no te garantiza prosperidad.

La resistencia es justa y necesaria para un momento concreto, pero por definición no puede ganar siempre. Resistir cansa. Y no le puedes pedir a la clase trabajadora, ya agotada de por sí, que se canse un poquito más.

A los chavales no hay que ofrecerles resistencia y gracietas desde el TikTok de Pedro Sánchez. Habrá que darles las condiciones necesarias para que puedan progresar (¿existe el ministerio de vivienda? ¿en serio?)  y, sobre todo, lazos comunitarios para que de su educación social no tenga que encargarse el influencer machista de turno.

Ni todos los jóvenes están radicalizados ni a todos los vamos a recuperar. El que de verdad piense por ejemplo que las personas trans no deben ser tratadas con el mismo respeto, que ni se acerque. Pero quiero pensar que la mayoría no son eso: son simplemente el producto de una época difícil y solitaria, donde por alguna razón dejar la carrera y apuntarte a un curso de Amadeo Llados parece tener más sentido que hace algunos años.

Y en el fondo no son tan distintas las demandas de esta generación y la nuestra: queremos pertenecer. Queremos creer que hay un porvenir. Pero el sistema expulsa a los jóvenes, los aísla y los condena a un scroll infinito de mensajes radicalizados. Si nos tenemos que enfadar —y hay razones para ello—, que sea con el sistema que no ofrece oportunidades y que nos abandona a la soledad de nuestra marca personal. Dirijamos nuestra rabia hacia quien, interesadamente, genera las condiciones para que algunos jóvenes acaben convertidos en el hermano pequeño facha.


Pablo Otín
Motion designer y artista visual nacido en Madrid. Compagina el trabajo en publicidad con sus proyectos personales y el cuidado de su gata Rita.
@_peropablo

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