Revista de cultura, contracultura y lo que muerde

Jaime Jover: «Para que existan las mercerías, hace falta cambiar el modelo; para cambiar el modelo, hace falta decrecer turísticamente»

Aunque en el mundo anglosajón los estudios urbanos han estado más presentes en el campo de la investigación, en España la ciudad ha empezado a estudiarse más a fondo en los últimos años. Jaime Jover, que estudió Geografía y durmió bajo las Setas en el 15-M mientras escribía su trabajo de fin de carrera, decidió investigar sobre urbanismo por ser la ciudad una de las invenciones humanas más complejas, aunque suela darse por sentada al no catalogarse normalmente como invención en sí, sino como un cohabitar, la unión arbitraria de varios factores.

Desde entonces, ha desarrollado su carrera académica en Lisboa, Manchester y Nueva York para después volver a Sevilla como profesor de Geografía Humana y, a partir de abril, trabajar como investigador en el Instituto de Estudios Sociales Avanzados del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Córdoba. En 2023, publicó el libro El centro histórico imperfecto: la transformación de Sevilla en el cambio de siglo y también ha publicado en distintas revistas científicas.

En tu paper sobre la gentrificación en Sevilla, dices que la ciudad se centró económicamente en el turismo a partir de la Exposición Iberoamericana del 29 y de la Expo del 92, ¿cómo funcionan esas dos exposiciones respecto a la ciudad?

A finales del XIX y principios del XX, el turismo era todavía una actividad muy selecta. Cuando el Gran Tour empieza a popularizarse, empieza a acceder a él una pequeña burguesía, en España, por ejemplo, se crean los paradores de turismo, hoteles que se hacen en antiguos edificios históricos. Es un contexto en el que se dan unas cuantas cosas al mismo tiempo. También se llevó a cabo el Plus Ultra, el primer viaje en avión entre Palos de la Frontera y Buenos Aires, con varias escalas, que ahora se conmemora el cien aniversario; así, la aviación se está desarrollando y se está recuperando la relación con las antiguas colonias. La burguesía local quería que ese Gran Tour llegara a Sevilla, no solo de Europa, sino también de América Latina, donde se está formando una élite urbana potente.

Es decir, hace cien años, ya se estaba hablando de turismo, no en los términos de hoy, pero se hablaba. En el desarrollo moderno de la ciudad están el turismo y la Exposición Iberoamericana primero, y la Universal años después, es un ejemplo de eso.

Esa idea ya se refleja en los planes de los años 60, cuando el turismo ni siquiera era un 5 % de lo que es hoy, pero es curioso cómo la ciudad siempre ha tenido esa pulsión de venderse. La aspiración de clase que hay en esta comunidad autónoma es vivir de la renta, primero de la tierra y luego de la ciudad, y ¿qué mejor forma de vivir de la renta que comprar un piso y ponerlo en Airbnb? Y es superinteresante en términos económicos porque, si lo piensas desde el punto de vista muy liberal, el capitalismo tiene que arriesgarse para avanzar en la acumulación y aquí nunca se ha intentado poner el dinero en una potencial industria que le dé algo de rédito. Se ha preferido meterlo en la tierra.

Cuando dicen que el turismo y los grandes eventos como la final de la Copa del Rey generan no sé cuántos puestos de trabajo, a mí siempre me gusta decir: «Se generan puestos de trabajo, pero ¿cuánto dinero se genera? ¿A dónde va el dinero que se genera?». Porque por cada reserva de Airbnb, por ejemplo, un 3 % se va a San Francisco. ¿En qué condiciones viven las personas que trabajan en la economía turística? ¿En qué barrios viven?

En este sentido, a veces se genera cierto debate porque se diferencia entre los grandes gentrificadores y los pequeños, es decir, los que lo hacen a nivel local, los sevillanos. ¿Tú crees que existe esa diferencia o es todo parte del mismo movimiento del mercado?

Aquí no tienes un Blackstone comprando vivienda, al menos que sepamos. Por ejemplo, en Lisboa había inversores que tenían veinte edificios, algunos de seis viviendas, otros de veinte viviendas, para destinarlos a alquiler turístico. Aquí no alcanza esa escala. Entonces, yo no distinguiría tanto en ese sentido. Pero gentrificadores son todos.

Muchos sevillanos que gentrificaron el centro en los años 90, especialmente en la zona del casco norte, ahora están siendo gentrificados.

Incluso si tienen una vivienda en propiedad, a lo mejor hay una gentrificación indirecta en el sentido de que les presionan para que se vayan porque de repente, en un edificio de cuatro viviendas, tres son pisos turísticos, están todo el día de fiesta y eso hace que se cansen, se harten, cierren la panadería, el bar, la ferretería y se vayan. 

También hay mucho capital internacional porque el capital de inversión grande está en los hoteles. Yo creo que porque el piso turístico tiene un límite, hay una saturación y se basa en dos mantras: expandir el turismo hacia otros barrios de la ciudad y el turismo de calidad, que siempre es de hoteles. Como ahora con los corralones de la calle Castellar, donde el otro día se supo que quieren construir un hotel.

Así que mucha gente que tiene algún tipo de propiedad inmobiliaria en el centro de Sevilla se ha beneficiado de este boom turístico y de la subida de renta generalizada.

No importa que se llame Pepe y sea del barrio de San Luis o que se llame fondo de inversión de Canadá en conjunción con un fondo de inversión de Madrid.

¿Qué relación ves que hay entre los nómadas digitales y la gentrificación, ya que la ciudad se acomoda a ellos al proporcionarles viviendas temporales, espacios de coworking, cafeterías…? 

Yo diría que la relación es más por el lado de la cultura que por el lado del propio impacto de los nómadas digitales. Hay dinámicas claras de cómo estas personas con un salario del norte global vienen a un sitio donde es más barato y pueden permitirse pagar 1200 euros al mes, no les importa porque ganan 5000 o más. Pero el tipo de cultura que genera el nómada digital en concreto, con espacios de sociabilización y ocio, se retroalimenta con la cultura del turista, una cultura más global si quieres, y que se puede ver en las cafeterías, en los brunches, hay una especie de conjunción. El turismo es un fenómeno mucho más fuerte, mucha gente en muy pocos días, y es más frecuente que el fenómeno del nómada digital.

Tú has investigado sobre Málaga y Sevilla, ¿qué diferencias y puntos en común ves en este sentido?

Con respecto al nómada digital, yo diría que el principal punto en común es que hay una desigualdad de salario enorme. Hay un tema de tiempo, aquí es mucho más suave y benigno, con lo cual, si tú vienes desde Helsinki, pues esto es un paraíso.

A partir de ahí, hay diferencias. Creo que los nómadas digitales prefieren Málaga porque tiene más acceso a la naturaleza, tanto de montaña como de costa. Y Sevilla tiene una idiosincrasia propia, muy de dentro, mientras que Málaga ha fomentado el cosmopolitanismo de una forma impostada, como ciudad de servicios, además del polo  científico y tecnológico. Lo ha explotado mucho más en términos de marketing que Sevilla. También tiene un aeropuerto más grande, que es una diferencia a la hora de elegir destino.

También por eso Málaga tiene un mercado de alquiler mucho más complicado que Sevilla porque la retórica de la gestión neoliberal en Málaga viene desde finales de los 90. En Málaga, no se cuestiona que el Ayuntamiento no esté haciendo vivienda pública, hace muy poca. Aquí todavía hay proyectos de VPO, hay algo de vivienda pública, pero en Málaga apenas se hace nada y ni siquiera tienen ese debate porque no hay.

Hay una pérdida de identidad en las ciudades a consecuencia de todo esto, pero, al mismo tiempo, en Andalucía la ciudad se vende como producto auténtico andaluz. ¿Cómo pueden existir los dos conceptos contrarios dentro de la ciudad?

El sevillano ha estado siempre muy orgulloso de su ciudad, de su identidad. Esa identidad se refleja en un espacio concreto, que es el centro histórico, mucho más en Semana Santa, pero hay una asunción donde dicen: «El turismo es bueno y yo ya no voy tanto al centro porque ya no me llama, hay mucha gente, pero ¿qué le vamos a hacer?».

Ahora el sevillano está resignado, aunque ya no pueda ejercer o disfrutar tanto de su identidad porque se la ha quitado el turismo, pero no dice: «El turismo hay que cuestionarlo».

Ahora, por ejemplo, salen pasos a la calle casi todas las semanas, hay mucha gente que habla de ese fenómeno, hay cofradías piratas, que son gente que quiere sacar una imagen y no tienen el permiso o son una hermandad pero no están catalogadas como tal, y eso hay personas que lo asocian a la pandemia porque no pudieron salir. Yo lo asocio también al turismo, creo que la gente siente que está perdiendo su propio espacio y esa es una forma de reivindicarlo.

No creo que haya un mayor catolicismo, pero sí una cosa de reivindicar mi espacio y, en vez de pillar una pancarta y ponerte debajo de la Giralda, pues hago una cofradía.

Hace poco escuché a Reyes Gallegos, la directora de Ellas es la ciudad, decir: «¿Cómo podemos proteger el patrimonio viviendo con la contradicción de la ciudad funcional donde quizás los pequeños comercios como las mercerías ya no son necesarios?». ¿Tú qué piensas de eso? 

El planteamiento que hace Reyes en esa frase en concreto tiene un problema de partida, que es que, si no cuestiono el modelo actual, evidentemente las mercerías se extinguen. No es tanto el cómo puedo aunar las dos, sino el qué modelo quiero. Yo cuestiono el sistema que existe y por eso digo: «Para que existan las mercerías, hace falta cambiar el modelo; para cambiar el modelo, hace falta decrecer turísticamente». Y eso significa desde no más plazas hoteleras hasta reducir el número de vuelos en el aeropuerto.

También hay que incentivar en un cierto sentido que la gente sea consciente de que no tiene que viajar tanto. Yo sé que decir esto es fuerte teniendo en cuenta que viajar es una aspiración de clase, pero no hace falta, no ya por el fenómeno urbano, sino porque ambientalmente no se sostiene. Por eso digo que es una cuestión de partida. El turista no es el problema, el turista está aquí porque hay un modelo y se le vende la ciudad de una manera. En el centro histórico, puede haber turismo, pero también debe vivir gente y esa gente va a hacer uso de una mercería.

Tú también estás en el Sindicato de Inquilinas, ¿qué hacéis? ¿Qué pueden hacer los ciudadanos?

Desde el Sindicato de Inquilinas, queremos garantizar el derecho a la vivienda a todo el mundo porque es un derecho humano y está en la Constitución. Muchas veces nos dicen que no es un derecho fundamental, pero el derecho a la intimidad sí lo es y tú no puedes tener intimidad si no tienes vivienda.

El punto de partida del Sindicato es organizar a la gente, que tomen conciencia de que sus problemas son colectivos y también de que tienen que involucrarse para defender sus derechos. En Madrid y Barcelona, se ha conseguido ganar mucha fuerza para negociar con el Estado. Por ejemplo, que la ley de arrendamientos urbanos ahora diga que, incluso si firmas un año de contrato, tienes derecho a cinco años de contrato en vez de tres es una victoria del Sindicato de Inquilinas. Se pueden hacer muchas cosas más, yo tengo mucha autocrítica hacia adentro, pero se consiguen victorias grandes y pequeñas, cosas que parecen tonterías, pero afectan a la vida y mejoran la calidad de vida de mucha gente.

¿Qué piensas de la política urbana del Ayuntamiento?

La política urbana es muy amplia y el Ayuntamiento lo está haciendo muy bien en un plano que va muy dirigido a sus votantes, que es un plano muy estético. Por ejemplo, mejorar calles, ahora tiene levantado medio centro de Sevilla.

Luego tienes una política de movilidad de marketing, el Tranvibús, un autobús eléctrico que tiene un carril directo que existe en todas las ciudades del mundo, y le está echando una mano a la Junta con el metro.

Luego tienes todo lo que está debajo, que funciona deliberadamente mal. Los servicios sociales del Ayuntamiento de Sevilla están desfinanciados, los trabajadores sociales no pueden con la cantidad de problemas que tienen que tratar de personas que están en riesgo de quedarse sin casa, por ejemplo. La política municipal de vivienda que se está haciendo, en gran parte, es construir VPO para otros segmentos sociales. Está muy bien que la clase media acceda a esa vivienda, pero garantízame la vivienda para la gente que realmente no puede pagar los precios de la burbuja que hay y, cuando esta gente tenga garantizado derecho a la vivienda, amplía y garantízale también el derecho a la clase media.

Luego, hay una falta de racionalidad a la hora de comprender urbanísticamente la ciudad. Ahora, en Santa María de Ordaz, se ha montado un follón porque en una parcela muy chiquitita donde hay aparcamientos quieren construir una torre de ocho plantas. También hay una nueva brigada de la policía local, ¿para qué? Lo que ha pasado en el Cerezo no es un tema de inseguridad, es un tema de vivienda. Si la gente que vive en la calle tuviera una vivienda, no estaría ahí, con lo cual no habría un problema de inseguridad.

Es una dejación de funciones públicas alarmante y ahora mismo estamos en una primera etapa y siento que puede ir a peor. No creo que mucha gente esté alertada o concienciada, pero cada vez va a haber más inseguridad porque va a haber más desigualdad, más gente viviendo en la calle, más gente sin trabajo, por la propia inercia que esto está tomando. Y más represión porque ¿cuál es la respuesta para la gente que vive en la calle? Mandamos a la policía, ¿para que haga qué? ¿Que los metan dónde?

Si tú fueras ministro de Vivienda o delegado de Urbanismo, ¿qué tres medidas implementarías?

No me veo, pero en Urbanismo impulsaría mesas participativas. La gente tiene idea de cómo mejorar su barrio y mucha gente tiene ganas. El problema de la participación es que, para que la gente participe, tiene que tener tiempo. A lo mejor ministro de Vivienda no sería, pero como ministro de trabajo intentaría fomentar que haya más tiempo libre. ¿No estamos en un momento de revolución tecnológica? ¿Para qué queremos la tecnología y la IA si no es para vivir mejor? 

También es importante la educación política. Si para prevenir las ITS, hay que hacer educación sexual integral en los colegios; para que la gente participe, tienes que hacer una educación social participativa, fomentar eso desde la base. Esa podría ser otra política del corte educativo.

Política de vivienda, por supuesto. Desarrollaría mucha más vivienda que fuera siempre pública. Eso es algo que se ha hecho muy mal en este país: se construye vivienda pública para diez, veinte años y, cuando se descalifica, la vivienda pasa a ser privada. La única forma que tiene el Estado, en un contexto capitalista, de reducir el precio es o lo controlas por ley o tienes vivienda pública. O las dos cosas. Al ofrecer vivienda a precios más baratos, el privado no puede demandar precios altos porque quién va a querer pagar mucho si tienen una opción, la pública, donde paga menos. Eso hace bajar el precio y está comprobado. 

En Viena, que tiene un parque de vivienda pública de cerca del 80 %, y en Ámsterdam, donde los precios están controlados por ley, o en Nueva York, donde el 44 % del mercado de alquiler está controlado. He hablado de países y ciudades ultracapitalistas y los Gobiernos no tienen ningún problema en mantener ese tipo de políticas.

También iría un poco en materia de movilidad. Te diría que fomentaría la bicicleta, hay contextos de calles que podrían ser calles compartidas con el coche. O pensar la ciudad desde el punto de la bicicleta y el peatón, no siempre privilegiando al coche. Al final, cuando hablamos de urbanismo, hablamos de planificación y uno de los componentes de la planificación es pensar en el futuro. ¿Qué vas a planificar si no estás pensando en cómo va a ser el mundo dentro de diez o veinte años?


Iris César del Amo
Traductora y escritora y sevillana de adopción. Colabora con Pikara Magazine, Jot Down y El Mordisco, y es muy friki de los libros y el cine.
@irisenchapas

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